25 DE SEPTIEMBRE DE 2020

Justo hoy se cumple un año desde que me diagnosticaron cáncer por segunda vez. Ya había vivido el susto en septiembre del 2016, cuando a mis 29 años, un poroto en la pechuga resultó ser un tumor maligno acompañado de la frase “Cáncer de mamas, grado II”. Esa vez tuve miedo, pero seguido de mucha tranquilidad y esperanza. Estaba segura de que el tratamiento iba a funcionar y que solo sería un proceso doloroso físicamente, pero que tenía un final cierto y feliz, y yo podría seguir mi vida y disfrutar de mi familia, por mucho tiempo más.

El balde de agua fría llegó exactamente el 25 de septiembre de 2019. Me había estado sintiendo mal hace un mes, pero siempre tenía mil respuestas para el dolor: estoy estresada, estoy cansada, hoy comí mal, hoy me moví demasiado, quizás estoy embarazada…Me parecía imposible que esa fatiga que no me dejaba estar de pie en las tardes, los huesos que me palpitaban o las náuseas que sentía hace semanas, eran una metástasis del cáncer que yo pensaba erradicado. La mente es una herramienta poderosa, y yo, aunque había vivido quimioterapias, radios, mastectomía, me negaba a pensar que todo podría estar relacionado. “Si soy tan joven! Imposible que eso me pase a mi” o “que lata la gente hipocondríaca, tener cáncer una vez no significa que todo lo demás es cáncer”. Hoy lo veo y pienso que fui muy ingenua. Mi orgullo no me dejaba ver que mi cuerpo estaba enfermo. Pensaba que mi juventud se la iba a poder contra una eventual metástasis, o que decir que me sentía mal era debilidad y exageración, no quería dar pena, y eso nubló mi capacidad de realidad. Felizmente mi marido, que me conoce mejor que yo, me hizo entender que ya era hora de ir al doctor. Nos encontramos con metástasis en los huesos, pulmones e hígado y con la tan temida frase “Cáncer de mamas, grado IV”. Me vino terror. Grado IV para mi significaba muerte. En mi mente ese grado de cáncer es el último antes de terminal. ¿A dónde me iba a ir? ¿Quién iba a cuidar de mis niños? Por primera vez en mi vida sentí que era un hecho, yo estaba enferma, y me iba morir.

Desde ese día ha pasado un año. 365 días intensos, donde reconozco que a veces he estado angustiada pensando en la muerte, pero en la mayoría restante, ha sido un proceso inmensamente feliz. Parece un cliché, pero es que cuando uno vive las situaciones es cuando se da cuenta de que los clichés existen por algo. Encontramos un tratamiento, que paradójicamente, hace que yo me vea sana. Además, puedo hacer mi vida normal, me siento bien, con energía. Eso es lo que más me ha gustado de esta etapa, ya que antes, aunque mi cáncer era menos agresivo, vivía con los signos visibles del tratamiento: el pañuelo, los ojos sin pestañas ni cejas para enmarcar, la náusea permanente. La gente ya no me mira con pena, no sabe que estoy enferma, me siento de incógnito en el mundo de los sanos. Para mí el cáncer ya no significa muerte. Ha sido más que nada un despertar, empezar a vivir una vida más intensa, más agradecida de los detalles, de la familia y el amor que me rodea, de estar viva.

En este tiempo he aprendido muchísimo de las “obviedades” de la vida y que a veces son las más difíciles de hacer propias, como, por ejemplo, que la muerte es parte de la vida y que hay que hacerse amiga de la finitud. No estamos hechos para vivir eternamente, y eso está bien, y no en una forma triste o sin sentido, sino que entendiendo que por la finitud debemos aprovechar al máximo lo que tenemos. De hecho, estoy convencida de que deberíamos hablar más de la muerte, como proceso natural que es (aunque yo siga muerta de miedo pensando en ella…eso no sé si se me va a pasar). He aprendido también a querer mi cuerpo, a respetarlo por permitirme aún con cáncer, hacer las cosas que me gustan. Para mí fue difícil entender que, debido al tratamiento, mi cuerpo ya no puede ser como a mí me gustaría que fuera. Intenté en vano a volver a “mi talla”, a lo que mi mente me exigía como cuerpo propio. Pero después de un tiempo, entendí que para qué quiero un cuerpo que se vea de cierta forma, si lo importante es que me permita vivir lo mejor que pueda. Estoy agradecida de él y trato de darle lo que lo nutre, lo que le hace bien y no lo que yo creo que es mejor para que se vea de una forma específica, y hacer eso, fue realmente liberador. Por último, y para no alargarme ya más de lo que me alargué, el cáncer me ha enseñado a soltar, entender que uno no tiene el control de las cosas. Me encantaría decir que esto lo he hecho propio, porque algo que me cuesta es entregarme, pero sí he descubierto que entregarse a los designios de Dios me trae paz. Tengo que hacer lo que esté al alcance de mis manos y de la medicina, pero más allá de eso no podemos hacer nada, y eso está bien, todo estará bien. Confiar en que lo que pase, es lo que tiene que pasar y que hay belleza en ese plan.

 

Maria Victoria Claro

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